
Many years ago, when I was a just a new priest, I remember U.S. Catholic Magazine doing a survey on prayer. One of the questions was, “When you pray, to whom do you pray; the Father, the Son or the Holy Spirit?” The survey revealed that most respondents pray to the Father and/or the Son, but very few invoke the Holy Spirit. And yet, Saint Paul reminds us of the integral role that the Holy Spirit can have in our prayer lives. In Romans 8:26, he writes, “In the same way, the Spirit too comes to the aid of our weakness; for we do not know how to pray as we ought, but the Spirit itself intercedes with inexpressible groanings.”
How is your prayer life? It is important that as we continue living out our faith, we strive to have a healthy and intentional prayer life—both communally and individually—for, as the saying goes, “Seven days without prayer makes one weak.”
When we pause to examine our prayer lives, we can discover much about ourselves. How we pray reveals much about what is in our hearts. And hopefully, how we pray grows and develops every day. But we must work at it and sometimes seek the accompaniment of a spiritual director so that our prayer is authentically grounded and not self-serving. Inevitably, this means we need to be open to changing the way we pray. In fact, when I find my prayer becoming stagnant and dry, I change it up by praying in a different space or using a different prayer form. In recent years, I have found my personal prayer to be greatly enlivened by spiritual reading. This spiritual exercise that I am committed to every day has tapped an unused part of my mind and heart, to the extent that I crave spiritual reading just like I yearn for food.
Another gamechanger for me—especially since I had a chapel erected in my home—is Eucharistic Adoration. In these moments of prayer before the Blessed Sacrament, I find Jesus looking at me and I gaze at Him. This prayer often transcends words and becomes a matter of communion and intimacy with Jesus, whose Sacred Heart is always ready to welcome and embrace. This image of the Sacred Heart and our focus on it during this past year in our diocese has certainly made my prayer more personal—especially as I seek to give my heart to Jesus, and He is ever present to give His Heart to me.
Embracing silence is one of the challenges that any person of prayer must navigate. The world in which we live can become so clamorous, distracting the ears of our hearts. In these moments, I often find solace in the phrase from Psalm 46:11: “Be still and know that I am God.” Sometimes I will just close my eyes and use that phrase as a mantra so that I can quiet my heart and listen to God. Mantras, even those that are self-created, can provide an entry into the prayer experience. As a young priest, I would often use the mantra, “Do not be afraid, for I am with you.”
When the disciples asked Jesus to teach them how to pray, Jesus gave them more than just words—He gave them a relationship with the Father, who became known to them as “Our Father.” We are invited into that same relationship with the Father, along with one that involves the Son and the Holy Spirit. And this relationship is lived out through prayer.
So the questions I hope you have been answering, as you read along, are:
1) “When do you pray?”
2) “To whom do you pray?”
3) “How is your prayer life?”
It is my hope that this special Echo issue on prayer will assist you in looking at your prayer life. It is an invitation to go out into the deep and examine your relationship with God.
In the end, this pursuit can be a way of fine-tuning the human heart. I am often struck by how, from time to time, both the organ and piano—used as instruments of praise and thanksgiving to God—need to be tuned. In the same way, our hearts—meant for the praise, honor, glory and thanksgiving of our God—need fine-tuning so that we may praise God and behold one another as brothers and sisters. Indeed, prayer is a key to life, offering so much promise and peace. Perhaps Saint John Vianney said it best, “Prayer is honey that flows into the soul and makes all things sweet.”
Hace muchos años, cuando yo acababa de ordenarme sacerdote, recuerdo que la revista “U.S. Catholic” realizó una encuesta sobre la oración. Una de las preguntas era: “Cuando usted reza, ¿a quién se dirige: al Padre, al Hijo o al Espíritu Santo?”. La encuesta reveló que la mayoría de los encuestados rezaba al Padre y/o al Hijo, pero muy pocos invocaban al Espíritu Santo. Y sin embargo, San Pablo nos recuerda el papel fundamental que el Espíritu Santo puede desempeñar en nuestra vida de oración. En Romanos 8, 26 escribe: “Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables”.
¿Cómo es su vida de oración? A medida que seguimos viviendo nuestra fe, es importante esforzarnos por mantener una vida de oración sana e intencional, tanto en comunidad como a nievel individual, pues, como dice el dicho: “Siete días sin oración debilitan a la persona”.
Al detenernos a examinar nuestra vida de oración, podemos descubrir mucho sobre nosotros mismos. La forma en que oramos revela mucho de lo que hay en nuestro corazón. Y cabe esperar que nuestra manera de orar crezca y evolucione día a día. Sin embargo, debemos esforzarnos en ello y, a veces, buscar el acompañamiento de un director espiritual para que nuestra oración esté auténticamente fundamentada y no responda a intereses egoístas. Esto implica, inevitablemente, estar abiertos a cambiar nuestra forma de orar. De hecho, cuando noto que mi oración se estanca o se vuelve árida, introduzco cambios, ya sea orando en un lugar distinto o empleando una forma de oración diferente. En los últimos años, he descubierto que la lectura espiritual vivifica enormemente mi oración personal. Este ejercicio espiritual, al que me dedico a diario, ha despertado facetas de mi mente y de mi corazón que permanecían inactivas, hasta el punto de que siento tanta necesidad de la lectura espiritual como anhelos del alimento.
Otro aspecto que ha marcado un antes y un después para mí, especialmente desde que hice construir una capilla en mi hogar, es la adoración eucarística. En esos momentos de oración ante el Santísimo Sacramento, encuentro a Jesús mirándome y yo fijo mi mirada en Él. Esta oración a menudo trasciende las palabras y se convierte en un acto de comunión e intimidad con Jesús, cuyo Sagrado Corazón está dispuesto a acogernos y abrazarnos. Esta imagen del Sagrado Corazón, y el hecho de haber centrado nuestra atención en ella durante el último año en nuestra diócesis, sin duda ha hecho que mi oración sea más personal, sobre todo al buscar entregar mi corazón a Jesús, mientras Él está siempre presente para entregarme el Suyo.
Uno de los desafíos que toda persona de oración debe afrontar es abrazar el silencio. El mundo en que vivimos puede volverse tan ruidoso que distrae los oídos de nuestro corazón. En esos momentos, a menudo encuentro consuelo en la frase del Salmo 46, 11: “Ríndanse y reconozcan que yo soy Dios.” A veces simplemente cierro los ojos y uso esa frase como un mantra para aquietar mi corazón y escuchar a Dios. Los mantras, incluso aquellos creados por uno mismo, pueden servir de puerta de entrada a la experiencia de la oración. Cuando era un sacerdote joven, solía usar el mantra: “No temas, porque yo estoy contigo”.
Cuando los discípulos pidieron a Jesús que les enseñara a orar, Él les dio una relación con el Padre, quien pasó a ser conocido por ellos como “Padre Nuestro”. Estamos invitados a esa misma relación con el Padre, así como a una relación que incluye al Hijo y al Espíritu Santo; y esta relación se vive a través de la oración.
Así pues, las preguntas que espero que hayan estado respondiendo a medida que leían son: 1)”¿Cuándo oran?”, 2) “¿A quién oran?” y 3) ¿Cómo es su vida de oración?”. Espero que esta edición especial de “Echo” sobre la oración les ayude a examinar su vida de oración. Es una invitación a adentrarse en lo profundo y a examinar su relación con Dios.
Al final, esta búsqueda puede ser una forma de afinar el corazón humano. A menudo me llama la atención cómo, de vez en cuando, tanto el órgano como el piano, usados como instrumentos de alabanza y acción de gracias a Dios, necesitaban ser afinados. Del mismo modo, nuestros corazones, destinados a la alabanza, el honor, la gloria y la acción de gracias a nuestro Dios, requieren un ajuste preciso para que podamos alabar a Dios y vernos unos a otros como hermanos y hermanas. Ciertamente, la oración es una clave para la vida, pues ofrece una gran promesa y paz. Quizá San Juan Vianney lo expresó mejor: “La oración es miel que fluye hacia el alma y endulza todas las cosas”.




